viernes, 18 de julio de 2008

LOS TRES AMIGOS Y LOS TRES CONSEJOS (RINCON CULTURAL)


LOS TRES AMIGOS Y LOS TRES CONSEJOS
Hubo una época en nuestra frontera, peor que la de ahora, en que los años fueron malísimos. No llovía nada de nada sobre nuestras cerrerías. Los cerros se hallaban completamente pelados. Los animalitos, como los chivos, vacas, gallinas, perros y burros eran puro esqueleto. Lo único que reinaba era un sol fuerte que todo lo quemaba. Los algarrobos, gualtacos. ceibos y los overales no eran mas que seres cenizos que se retorcían clamando al ciclo por un poco de agua.
En Jaguay Alto, un pequeño caserío refundido allí por los cerros, vivían tres campesinos y crianderos de ganado cabrío que eran bien unidos. Se llamaban Domingo. Hortensio y Arnaldo. Acostumbraban a reunirse por las tardes, a jugar casino y a darse esperanzas sobre la pronta llegada de los aguaceros. Así pasaban el tiempo, hasta que un día, Domingo les propuso:
• Bueno, muchachos. ¿Qué es lo que estamos esperando aquí? Sólo la muerte nomas; hasta el jaguay se esta secando. Vámonos mejor a buscarnos la vida a otro sitio. Yo lo que es mañana mismo agarro para donde sea.
• Por mi parte estoy de acuerdo. ¡ Qué hacemos aquí pues? - afirmó Hortensio.
• Por lo que a mi persona se refiere, mañana mismo armamos viaje - dio su palabra también Arnaldo.
LA PARTIDA. :
Al día siguiente, de madrugada, ensillaron sus flacos jumentos, se despidieron de sus mujeres y de sus hijos hijos, y emprendieron viaje hacia donde los llevara la ventura. Muy penoso, pero bien resuelto, salieron de aquel caserío cerreño.
Deambularon días sobre días pasando las de Caín, atravesando cerros, cañadas, caseríos, ya por senderos peligrosos, ya por anchos y descuidados caminos. Por todos lados abundaba la desolación, hasta que por fin, como no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, se encontraron con un fundo de regular extensión. El dueño era un señor ya anciano y bastante bondadoso. Para suerte de ellos empezaba la siembra y necesitaban trabajadores.
• Bien. muchachos, como ustedes son de lejos, además de su jornal tienen comida y alojamiento gratis -¡les ofreció don Arturo, el anciano patrón.
Gracias señor — habló Domingo a nombre de los tres amigos - Nosotros queremos pedirle otro servicio.
•. Si es que se puede, de mil amores - respondió buenamente el anciano.
• En vista de que ya tenemos aseguradas la comida y la posada, queremos que nuestros jornales nos sean guardados por usted hasta el día en que nos vayamos de aquí, ya que hemos venido a buscarnos la vida por estas lejanías para llevar alivio a nuestros hogares el día que volvamos.
• De acuerdo, muchachos, me comprometo a guardar vuestros jornales. :
Así fue como los tres jóvenes amigos trabajaron durante numerosas campañas agrícolas para aquel señor, sin ver a sus familias y sin poder mandarles nada por la gran lejura que los separaba de sus hogares. Lo único que los sostenía en el pensamiento de ahorrar lo suficiente, como para recompensar a sus seres queridos por las grandes penurias que sin duda estarían pasando. .
EL REGRESO Y LOS TRES CONSEJOS.
A los quince años de su partida, sintieron fuerte el apego a la querencia y decidieron volver. Luego de la faena, a eso de las tres de la tarde, se dirigieron a la casa hacienda donde fueron recibidos por su patrón.
• Don Arturo, hemos tomado el acuerdo de volver el día de mañana a nuestros ranchitos - le hizo conocer Domingo - han sido muchos años lejos de nuestras familias y queremos que tenga listo nuestros jornales para mañana temprano, ya que partiremos de madrugada. : El anciano; bastante apenado los hizo pasar a la sala de su mansión. Luego entró a uno de los cuartos de donde regresó con tres bolsas de cuero completas de dinero. ' . . • Aquí están sus ahorros, muchachos: ni un real menos ni un real más.
Los tres amigos miraron muy contentos los cargados y sonantes talegones, fruto de su laborioso trabajo y agradecieron al anciano de tantas facilidades que les había brindado.
• Yo. también estoy muy agradecido por vuestra buena compartía a lo largo de lodos estos años. Como muestra de mi profundo agradecimiento y en mérito a que ustedes han laborado con honradez y sacrificio, quiero hacer un trato con ustedes.
• ¿Un trato?
" Si, un trato.
" ¿Que trato es ese, don Arturo?
• Yo les propongo un cambio.
" ¡ ¿Un cambio?!
• Si, un cambio. Yo les doy tres buenos consejos que van a serles muy útiles en sus vidas, a cambio de vuestros jornales. Los consejos se los anuncio en estos momentos y tiene toda la noche para pensar si es que se los llevan o no. Pero el que acople llevarse los tres consejos, me dejara sus ahorros; y el que no desea tomarlos podrá llevarse su dinero.
• Pero, patrón, si aceptamos los consejos ¿que llevaremos para nuestros hogares? - habló Hortensio.
• Yo lo que es, patrón, no cambio mis jornales por nada - adelantó muy resuelto, Arnaldo. Domingo, que escuchaba atentamente, intervino.
• Bueno, amigos. Don Arturo ha sido claro. Nada perdemos con escucharlo. Dejemos que nos diga sus consejos. Y ya después, cada uno verá...
El anciano habló con solemnidad:
• Los consejos son los siguientes: El primero: "Nunca dejes lo viejo por lo nuevo". El segundo: "Nunca preguntes lo que no te conviene". Y el tercero: "Nunca te dejes llevar por el primer impulso".
Los tres amigos escucharon con atención aquellos consejos que por primera vez conocían. El anciano los despidió diciéndoles:
• Entonces, tienen plazo hasta la hora de su partida para que me den su última palabra. ¿De acuerdo? ...
• De acuerdo. - respondieron los tres amigos. . . .
Se encaminaban a la casa donde se alojaban. Hortensio y Arnaldo ya habían tomado su decisión:
• Ni locos para aceptar el trato; quince años de trabajo por tres consejos, esta fregado.
Pero si nos pide tan alto precio por esos consejos es que deben valer verdaderamente. - les alegaba Domingo, si pueden valer, pero si los tomamos ¿ qué llevaremos para nuestras chozas?.
Hortensio y Arnaldo. realizada ya su elección, dormían plácidamente. Domingo, sin embargo, se daba vueltas y más vueltas sobre la barbacoa, pensando y repensando sobre los tres consejos. Mas se inclinaba por llevárselos, pero lo detenía el tener que regresar con las manos vacías después de tantos años de ausencia. Era ya cerca de la media noche cuando tomó su decisión. "Bueno, después de todo, hasta aquí he vivido la vida a la mas que nunca, sin ninguna ayuda que me oriente en la vida; y un buen consejo es una buena estrella para no cometer errores graves. Lo único que he podido aprender es a leer y a dibujar algunos garabatos, y uno no sabe lo que hay detrás de la vida... Por último ¿que de raro tiene que sin plata haya venido y que sin plata me vaya?"
Al día siguiente, no bien empezaron a rebuznar los burros y a cantar los chilalos, se levantaron los tres amigos. Mientras arreglaban sus alforjas. Domingo les dio a conocer sus decisión y las razones que lo habían llevado a tomar los consejos. Sus amigos, asustados, trataron por todos los medios de hacerlo cambiar de parecer. Pero no lo consiguieron.
Se presentaron ante don Arturo y cada uno le fue manifestando su decisión. Hortensio y Arnaldo recibieron sus sonantes bolsas de cuero. A Domingo le dijo;
• Acuérdale de los tres consejos. Ten presente lo que te han costado. Recuerda: "Nunca dejes lo viejo por lo nuevo". "Nunca preguntes lo que no te conviene" y "Nunca te dejes llevar por el primer impulso". De esta manera, los tres amigos, después de quince años, emprendieron el regreso a Jaguay Alto. Marchaban a prisa, ansiosos por hallarse de nuevo en sus hogares. Querían enterarse cuanto antes de la situación de sus familias. ¡Cómo las encontrarían!.
EL PRIMER CONSEJO
Durante quince días cabalgaron sin ninguna novedad, hasta que se encontraron con un desvío, con una ruta nueva que no conocían. A la entrada de ese sendero estaba plantado un letrero que decía: A QUEBRADA HONDA - 15 DÍAS. Quebrada Honda era el lugar más cercano a sus hogares.
" Con este caminito nos ahorraremos unos quince días de viaje. - se entusiasmaron.
Uno tras otro entraron por aquel sendero. Habían avanzado unos cien metros cuando, de repente. Domingo detuvo bruscamente su cabalgadura. En su mente había estallado como un dinamitazo el primer consejo del anciano: "Nunca dejes lo viejo por lo nuevo".
• ¿Qué pasa. Domingo?-se sorprendieron sus amigos.
• Muchachos, creo que es mejor ir por el otro camino; es un a ruta que ya conocemos. Pero es muy larga, son quince días más de viaje.
• Si, pero es más segura. Miren hacia donde va a parar ese sendero: a esa cerrería que no conocemos.
Se formaron dos bandos. Domingo que se apegaba a uno de los consejos que llevaba y que tanto le había costado, Y el otro bando formado por Hortensio y Arnaldo quienes querían llegar cuanto antes a sus chocitas.
Como nadie daba su brazo a torcer, se vieron obligados a separarse. Muy apenados se despidieron con fuertes abrazos.
• En Quebrada Honda te dejaremos noticias nuestras. - le prometieron Hortensio y Arnaldo a su amigo
Domingo desando el camino y tomó nuevamente la ruta conocida.
Después de treinta días llegó al caserío de Quebrada Honda. Lo primero que hizo fue averiguar por sus amigos. Para ello se encamino a un pequeño ranchito donde vendían comida, chicha dulce y licores. Luego de saludar, preguntó a la mujer que atendía la venta:
• Señora. ¿por casualidad no han dejado por aquí algún recado, dos amigos? "
¿Usted es Domingo? - lo miró con curiosidad la mujer.
• Así es, señora, un servidor.
• Pues le tengo malas noticias de sus amigos - se apresuró a informarle -. Quien ha estado aquí ha sido Arnaldo, vino lodo ensangrentado el pobre: dice que en lo alto de la cerrería les salió al encuentro una fuerza de forajidos y que después de robarles todos sus jornales les dispararon con sus carabinas. A Hortensio lo mataron: Arnaldo tuvo suerte porque lo hirieron en el hombro y los facinerosos lo dieron por muerto... .
• Bendito sea Dios, y yo que tanto les porfié para ir por el camino que ya conocíamos - se lamentaba Domingo, llorando por la triste suerte corrida por sus buenos amigos y, sobre todo, por el desdichado Hortensio que había dejado sus huesos por esas cerrerías desconocidas.
• Por esas rutas siempre asaltan - continuaba la mujer - los bandoleros han hecho sus guaridas por esos cerros porque la gente para ahorrarse camino se mete por esos lugares sólidos. : Y
• Y ¿ Dónde se encuentra Arnaldo?
• Aquí estuvo como una semana curándose las heridas, pero hará unos tres días que se fue. Nos encargó que le avisáramos que va avanzando hacia una hacienda que está como a un par de días de aquí; es de un tal don Damián Bellido, que dicen que está medio loco. Quería trabajar unas semanas en esa hacienda para llevar algo siquiera a su casa, porque esos bandidos lo han dejado en el aire, con la ropa que lleva puesta nomás. :
Aquel día reposó en Quebrada Honda. Al día siguiente, continuó nuevamente su camino. EL SEGUNDO CONSSJO.
Cabalgando fuerte y descansando algunas horas, al medio día siguiente, logró divisar el río Chira que en esa parte de su recorrido, sirve de límite fronterizo con el Ecuador. Las aguas cristalinas corrían provocativas y abundantes. Luego de darse un refrescante y reparador baño, cruzó los linderos de la hacienda de don Damián Bellido, que estaba situada en la margen izquierda del río Chira, en el lado peruano.
A medida que se acercaba a la casa hacienda le llamaba muchísimo la atención el abandono que allí campeaba. No había gente trabajando y aunque las tierras se veían buenas y productivas, estaban siendo invadidas por los overales y "borracheras". Los árboles frutales empezaban a secarse. Aquello más bien parecía un lugar habitado por fantasmas.
Cuando llegó a la casona, aparecieron cuatro perros enormes que con furiosos ladridos se le fueron acercando peligrosamente. Sacando su lampa que iba en la grupa del burro se dispuso a defenderse. De pronto, chirrió la puerta de la mansión y apareció un hombre barbudo y robusto. Era don Damián Bellido.
Quietos ¡Vamos, adentro! - gritó con una voz tronante que se paseó por la desolada hacienda. Los perros volvieron a ocultarse de inmediato.
" Buenas tardes, señor - saludó Domingo haciendo un gesto de atención con el sombrero - Ando en busca de trabajo. Esta hacienda no se trabaja ya, forastero; pero pase, tiene traza de haber cabalgado duro. Le invitaré algo de comer.
A diferencia de lo que pasaba con la hacienda, en el interior de la casa todo era asco y orden. Domingo saludó a una jovencita vestida con ropa muy limpia, pero remendada, que caminaba con dificultad y limpiaba a cada momento muebles, piso y paredes. El ruido metálico que producía al caminar le hizo bajar la mirada hacia los pies de la adolescente. Se horrorizó cuando su mirada tropezó con gruesas cadenas que se enroscaban sobre los tobillos de la simpática jovencita. :
" Tome asiento - le invitó el hacendado, señalándole una silla del bonito comedor de caoba que se hallaba en la sala. Luego ordenó con dureza a la encadenada joven: - hija, tráenos algo de comer. :
Domingo profundamente extrañado por el abandono de la hacienda y por el encadenamiento de la jovencita, se aprestó a preguntar.
• Disculpe, don Damián...
En aquel instante sintió como un latigazo y le vino a la memoria el segundo consejo del anciano: "Nunca preguntes lo que no te conviene". Ya no se atrevió a lanzar la pregunta.
¿ Decía usted? - lo interrogó a su vez el hacendado con una mirada maligna que lo atemorizó. :
• Mucho le agradecería que me regale un poco de agua para tomar; la sed es la que más me mata - disimuló por su parte Domingo.
• Trae agua, hija! - gritó en un todo que demostraba desencanto.
La joven con gran dificultad le llevó el agua; después sirvió deliciosos platos de comida. Domingo comió hasta chuparse los dedos, dejando algunos restos nomas.
• Ven. Hija, come- señaló hacia el piso don Damián.
La encadenada se arrodilló debajo de la mesa y el hacendado empezó a tirarle las sobras de la comida. La joven los recogía y se los llevaba a la boca.
Ante este triste espectáculo. Domingo se frotaba los ojos creyendo que era una pesadilla la que estaba viviendo. Aquello era el colmo de los colmos. Su curiosidad empezó a desbocarse y sintió el fuerte impulso de averiguar los motivos de tan extraña situación. Pero, nuevamente volvió a golpear su memoria el segundo de los consejos comprados a cambio de quince años de grandes esfuerzos y sacrificios: "Nunca preguntes lo que no te conviene". Trató de frenar la curiosidad que lo hincaba. Todo esto es muy raro. Quién sabe si con mis preguntas desato un aguacero de malos recuerdos y pasiones que me hagan salir mal parado". Se hizo él firme propósito de apegarse fielmente al segundo consejo.
El hacendado, por su parle, lo estudiaba con gran curiosidad, como si esperase algo de él. Domingo se levantó de la mesa para despedirse.
• Muchísimas gracias por su hospitalidad, don Damián; ahora tengo que irme porque todavía tengo un largo trecho por delante.
• Pero, amigo, cómo se va a ir. Se le nota muy cansado, quédese a cenar con nosotros y duerma aquí. Mañana ya mas descansado podrá seguir viaje a su cerrería. Vamos, acepte por favor.
• Bueno, no me caería mal descansar bien durante una noche.
• Hija. j prepara un cuarto para nuestro huésped!.
Durante la cena se repitió la misma situación de la anterior comida. Luego, fue guiado a uno de los dormitorios donde cayó pesadamente.
Al día siguiente se levantó muy temprano dispuesto a salir rápidamente de allí. En la sala lo esperaba el hacendado con el desayuno servido. .
Mientras desayunaba, la joven volvió a recoger las migajas que el despiadado padre le arrojaba. Una vez que hubo terminado el desayuno:
• Muchísimas gracias por su hospitalidad, don Damián; a usted señorita, muchas gracias también. Ahora si tengo que seguir mi camino.
El hacendado lo acompañó a la puerta, incluso lo ayudó a ensillar su burro. Montó y empezó a alejarse de aquel lugar extraño.
De pronto unos gritos lo detuvieron :
•¡ Amigo, espere! ¡ Deténgase por favor!
Volvió su cabalgadura. Era don Damián que gritando, corría hacia el.
• ¿ Qué pasa? - preguntó extrañado-
• ¡ Necesito hablar con usted!
• ¿Hablar conmigo? ¿Sobre qué?
• Pues, sobre todo lo raro que le habrá llamado la atención aquí, sobre mi descuido personal, sobre el porqué no se trabaja esta hacienda. Pase por favor a la casa - suplicó.
• Bueno, don Damián, si eso es lo que usted quiere.
Otra vez se encontró en el interior de la casona. El hombre a penas vio a su hija se apresuró a sacar de uno de sus bolsillos de su pantalón, unas llaves y la liberó de las pesadas cadenas. Sollozando amargamente curó los lastimados tobillos de la desdichada joven, quien al verse libre de aquel martirio derramó muchas lágrimas de alegría. La que más le emocionaba y enternecía era la humanidad que su padre le volvía a mostrar después de tantos años.
Domingo miraba extrañado todo aquello. Su asombro fue mayor cuando el barbudo hombre le dijo:
• Muchas gracias, amigo, muchas gracias por haberme liberado a mi hija y a mi de esta situación tan inhumana; usted me ha liberado de una espantosa locura a la cual estaba encadenado por una terrible promesa que hice hace muchos años, llevado por el rencor y el odio.
• Francamente, don Damián, que no entiendo nada de nada.
• Le explicaré. Todo empezó hace unos diez años. Antes era un hombre feliz, tenía una esposa bellísima y esta hija que junto con la hacienda, eran la pasión de mi vida lo eran todo para mí. Esta era la hacienda más próspera. Pero, desgraciadamente mi esposa me traicionó con un hombre a quien le brinde mi hospitalidad y fugó con ella. Lleno de odio y de celos me dedique a buscarlos y no paré hasta encontrarlos y darles muerte. Perdí interés por todo y me volví un ser terrible y maligno; encadene a mi hija y me hice la inhumana promesa de mantenerla así y tratarla como a un animalito. Sólo la liberaría de esa situación, el día que un hombre a quien brindara mi hospitalidad mantuviera una conducta irreprochable, incluso que no demostrara la más leve curiosidad impertinente por lo que aquí viera. Por ello, a todo el que pasaba por aquí le ofrecía mi hospitalidad, pero ni bien pisaban la casa, de inmediato su curiosidad se desbocaba y querían averiguar hasta el mínimo detalle. Para esos impertinentes me había hecho la promesa, también, de castigarlos con la muerte. Acompáñeme.
Lo llevó hacia un enorme caserón que se encontraba cerca del río. Abrió de par en par unas pesadas puertas y. ante los ojos de Domingo, aparecieron cadáveres de numerosos ahorcados que lo llenaron de horror. Pero más grande fue su espanto y su tristeza, cuando alcanzó a ver el cadáver de su amigo Arnaldo.
• Fíjese, usted, todos los crímenes que he cometido llevado por mi diabólica promesa. Gracias a usted ha llegado el momento de pagar por mis crímenes - mientras hablaba se ocultaba el rostro con sus velludas manos.
Las lagrimas rodaban por el curtido rostro de Domingo: sus dos mejores amigos habían perdido la vida lejos de sus familias y de su terruño, la tan amada cerrería de Jaguay Alto.
El hacendado por su parle seguía hablando con voz tronante.
• Paro aquel hombre extraordinario, capaz, de sofrenar su lengua y curiosidad, me había prometido otorgarle una recompensa también extraordinaria: la mitad de mi fortuna que es enorme y la mitad de mis tierras. Haré un testamento a favor suyo y de mi hija. Luego me entregare a las autoridades. Ahora comprenderá, usted, porque le estoy muy agradecido.
Dos días después, con un documento que lo convertía en rico propietario y dueño de un considerable capital. Domingo; enrumbó a la cerrería de Jaguay Alio. iba con el pensamiento de traer a su familia a las tierras que había ganado con el segundo de los consejos.
EL TERCER CONSEJO
Domingo avanzaba contento, entristeciéndole únicamente las trágicas muertes de sus queridos amigos con quienes compartiera penas y alegrías desde muy pequeño. Pero se había hecho la noble promesa de ayudar a las familias de sus amigos y darles parte de su fortuna. Por eso, además de la briosa mula que ahora montaba, llevaba una piara de burros con abundantes regalos. Se felicitaba por haber aceptado el cambio de sus jornales por los tres consejos: de lo contrario, en lugar del contento que llevaría a las tres familias, quizás se encontraría con sus pobres huesos regados por tierras ajenas. Los que más le agradaba era la justa recompensa que daría a los tres hogares por la larga espera, por el sufrimiento y penalidades que, sin duda habían pasado.
Animado por esos pensamientos, avanzaba sin descanso. Tres días después, en un amanecer, alcanzó a divisar las chocitas de Jaguay Alto. A medida que se acercaba, su gozo iba en aumento. En el amplio corredor de su choza se encontraba una señora.. ¡ Era la Santos, su mujer!. Se puso loco de contentó. Estaba tendiendo unos sacos vacíos, un tendal, donde seguramente iba a desparramar el maíz para que se asolee. De pronto, una presencia lo estremeció. Por detrás de la casa apareció un hombre ensillando un burro. La mujer entro y salió portando un chanchero que entregó al hombre. "El fiambre", pensó. El hombre, un mocetón, se acercó a la mujer y la besó cariñosamente. . :
Su pensamiento fue ligero. Todas sus ilusiones y alegrías se derrumbaron. Preso de la cólera sacó su garantizado, un filoso machete, y clavó las espuelas en su cabalgadura. Por su familia había salido en busca de nuevos horizontes, pasando penurias y hasta en peligro de perder la vida como sus desdichados amigos. Y su mujer lo engañaba miserablemente. Se sentía humillado, pero estab decidido a terminar con la vida de su mujer y de su amante.
El sombrero voló de su cabeza por la loca carrera que llevaba. En medio de la tormentosa oscuridad que lo envolvía como el resplandor de un relámpago, lo estremeció el tercer consejo del anciano: '"Nunca te dejes llevar por el primer impulso". Frenó la desbocada carrera de su mula. Ya estaba junto al corredor de su ramada. El hombre que se encontraba montado ya en el burro, y la mujer lo miraron con extrañeza.
• ¿Qué se le ofrece, señor? - le preguntó su mujer.
• De tal manera que no me ha reconocido - pensó - No en vano han sido quince largos años lejos de ella".
• Soy comerciante, señora - mintió- vendo telas buenas y baratas.
• ¿No lleva, por casualidad, pantalones de hombre?
• Claro que si. ¿De qué talla desea?
• Como para este muchacho - dijo señalando al mocetón - es mi hijo que quiere acompañarse ya.
¿Tu hijo? i Mi hijo! - gritó loco de contento, pues amaba a su mujer.
• ¡ Qué sonso, dejé a mi pequeño Segundo Domingo de ocho años, ahora debe tener veintitrés, pues!
• ¡Mujer! ¡ Hijo! ¿Es qué. acaso no me reconocen? ¡Soy Domingo! – se dio a conocer.
• La mujer lo miró detenidamente. Al reconocerlo, fue enorme su alegría. Se estrecharon con un fuerte y amoroso abrazo ante los gritos de júbilo de su hijo. : Tal como lo había prometido, ayudó a los familiares de sus amigos y se estableció con su mujer y su hijo en la parte de la hacienda que heredara de don Damián Bellido. Nunca se cansaba de contar su gran aventura a familiares, amigos y visitantes. Y hasta hoy, pese a que han transcurrido muchísimos años, todavía se sigue contando en esta parte de la frontera la historia de Domingo con el nombre de "Los tres amigos y los tres consejos".
De esta manera brillante remató su relato don Fermín, el cerreño.
Cuando bajaba por el sendero de la colina hacia la carretera que conduce al caserío de Playas de Romeros, empecé a pensar en el espíritu y las incidencias de aquella historia. Una historia que se ajustaba de manera biunívoca y perfecta con esta soberana quietud de la frontera.
Las sombras, cada vez más densas, acrecentaban el augusto y cósmico silencio que reina en estos alejados y abandonados limites de nuestra patria. Uno tiene la impresión de que los habitantes de estas soledades consideran esta tierra como un espacio esencial, como una dimensión irremplazable que les permite fundirse con algo que les semeja a; la eternidad...
. (GENARO MAZA VERA )